Desde principios de 2026, 340 embarcaciones con 6.248 migrantes en situación irregular han llegado a las Islas Baleares, según datos del Ministerio del Interior español difundidos por la agencia oficial EFE. En solo tres días, entre el jueves 24 y el sábado 26 de septiembre de 2026, 512 refugiados argelinos y 36 migrantes procedentes del África subsahariana alcanzaron el archipiélago. He seguido estas cifras semana tras semana, y lo que más me llama la atención no es tanto su magnitud como el silencio político y mediático que las rodea.
Una ruta argelina que no se atreve a decir su nombre
La «ruta argelina» es hoy una de las vías migratorias más activas de todo el Mediterráneo occidental. Conecta las costas argelinas con las Islas Baleares, Almería y Murcia, a bordo de embarcaciones improvisadas en las que se hacinan argelinos y migrantes subsaharianos, arriesgando la vida en cada travesía. Se habla de «pateras de la muerte», una expresión que no tiene nada de exagerada si se tiene en cuenta la frecuencia con que naufragios y desapariciones marcan este trayecto.
Lo inquietante es el trato desigual que esta crisis recibe por parte de la clase política y los medios españoles. Mientras la cobertura de la situación en Ceuta ha sido casi permanente, la ruta argelina parece existir en un punto ciego mediático, como si Baleares y el sur de España no formaran del todo parte del territorio nacional en el imaginario colectivo.
Ceuta bajo los focos, Baleares en la sombra
En Ceuta residen actualmente unos 5.000 migrantes de diversas nacionalidades: argelinos, yemeníes, sudaneses, palestinos y ciudadanos de países del África subsahariana. Los marroquíes, por su parte, son minoría allí, pese a que Marruecos ha reiterado en varias ocasiones su disposición a repatriar a sus ciudadanos, incluidos los menores no acompañados.
En este contexto, el ministro de Asuntos Exteriores marroquí, Nasser Bourita, hizo una declaración sin rodeos. Sostuvo que determinados actores políticos españoles no valoran adecuadamente la asociación entre ambos países y que desconocen tanto el Marruecos actual como las realidades de la gestión migratoria.
Esta declaración no es un detalle menor. Llega en un momento en que Marruecos —a menudo presentado como la principal puerta de entrada hacia España— ve su cooperación migratoria bajo un escrutinio estrecho, mientras que la ruta argelina parece gozar de una suerte de tolerancia mediática.
¿Crisis migratoria o instrumento de política interna?
Esa es la pregunta que no dejo de hacerme, y que cada vez más observadores españoles empiezan también a plantear en voz baja: ¿responde realmente la gestión de la migración irregular a una lógica humanitaria y de seguridad coherente, o se ha convertido en una moneda de cambio dentro de las disputas políticas internas españolas?
Con las próximas citas electorales en el horizonte y una intensa competencia por la presidencia del Gobierno, esta asimetría de trato merece ser examinada. ¿Por qué:
- Las llegadas masivas a Baleares procedentes de Argelia suscitan tan poca reacción política de alto nivel?
- La situación en Ceuta acapara una atención mediática desproporcionada en relación con el número real de migrantes implicados?
- Marruecos —que mantiene una política de cooperación y repatriación— se ve señalado con frecuencia, mientras la ruta argelina permanece en gran medida ignorada?
- El nivel de ruido mediático parece depender más del origen geográfico y político de los flujos migratorios que de su magnitud real?
No se trata de teorías conspirativas. Se apoyan en cifras oficiales, declaraciones diplomáticas públicas y una constatación empírica sencilla: dos rutas migratorias, dos tratamientos radicalmente distintos.
Lo que revela este desequilibrio
Este contraste en el trato dice mucho sobre cómo se instrumentaliza la cuestión migratoria en España. Cuando una crisis humanitaria se convierte en una herramienta de comunicación política, la coherencia de la acción pública se resiente. Sin embargo, Baleares, Almería y Murcia no son territorios periféricos: son puntos de entrada mayores al territorio español, al mismo nivel que Ceuta o Melilla.
Si esta asimetría persiste, el riesgo es doble. Por un lado, una gestión ineficaz de la crisis en las fachadas menos mediatizadas, ante la falta de presión política suficiente para movilizar recursos. Por otro, un progresivo deterioro de las relaciones diplomáticas con Marruecos, señalado por unas carencias que no parece asumir en solitario, mientras la cooperación con Argelia en este mismo asunto suscita mucho menos escrutinio público.
Marruecos, un objetivo más rentable que Argelia para la extrema derecha española
Hay una explicación que merece plantearse sin rodeos: de cara a las elecciones, señalar a Marruecos resulta más rentable electoralmente que hacerlo con Argelia. La extrema derecha española, impulsada por Vox y por una parte del discurso ambiente, lleva años construyendo un relato en el que Marruecos ocupa el papel del vecino amenazante, entre el contencioso del Sáhara Occidental, la rivalidad histórica y la fantasía de una «invasión» migratoria orquestada desde Rabat. Es un relato ya rodado, que moviliza y que cohesiona a un electorado ya predispuesto a este tipo de discurso.
Argelia, en cambio, no presenta el mismo potencial de polarización en la opinión pública española. Las tensiones diplomáticas entre Madrid y Argel son reales, sobre todo desde el giro español respecto al Sáhara Occidental en 2022, pero nunca se han convertido en un activo político tan rentable como lo son las relaciones con Rabat. El resultado: la ruta argelina, pese a su volumen masivo, no ofrece a la extrema derecha el mismo material narrativo, por lo que esta prefiere concentrar sus ataques en un Marruecos más fácilmente caricaturizable en el imaginario colectivo español.
Esta elección no tiene nada de casual. Responde a una lógica electoral fría: más rentable resulta agitar a un adversario identificado, encarnado y cargado de pasivo histórico, que a un socio cuyo señalamiento público generaría mucho menos eco en las urnas.
Lo que hay que recordar
La ruta argelina hacia Baleares no es un fenómeno marginal: concentra miles de llegadas en apenas unos meses, con picos espectaculares como el registrado durante el último fin de semana de septiembre de 2026. Y sin embargo, sigue prácticamente ausente del debate público español, a diferencia de Ceuta, que continúa polarizando la atención política y mediática pese a cifras comparables, o incluso inferiores.
Esta diferencia de trato plantea una cuestión de fondo que va mucho más allá de la gestión migratoria: la instrumentalización política de una crisis humanitaria a pocos meses de unas citas electorales decisivas en España.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la «ruta argelina»?
Es la vía migratoria marítima que conecta la costa argelina con las Islas Baleares, Almería y Murcia, utilizada por miles de argelinos y migrantes subsaharianos a bordo de embarcaciones improvisadas.
¿Cuántos migrantes han llegado a Baleares desde principios de 2026?
Según el Ministerio del Interior español y la agencia EFE, se han registrado 340 embarcaciones y 6.248 migrantes en situación irregular desde enero de 2026.
¿Por qué Ceuta recibe más atención mediática que Baleares?
Esa es precisamente una de las paradojas centrales de este artículo: pese a flujos migratorios comparables o incluso inferiores, Ceuta concentra mucha más cobertura política y mediática que la ruta argelina.
¿Cuál es la posición de Marruecos sobre este asunto?
Marruecos ha manifestado su disposición a repatriar a sus ciudadanos en situación irregular, incluidos los menores no acompañados, y su ministro de Asuntos Exteriores ha criticado a ciertos actores políticos españoles por desconocer la política migratoria actual del país.