Una sensibilidad que varía según el interlocutor
A finales de julio de 2026, mientras decenas de miles de personas cruzaban la frontera terrestre de Ceuta, buques de la Marina Real marroquí navegaban sin autorización por aguas que Madrid considera propias. La revelación de El País el 12 de octubre desencadenó un debate inmediato sobre la soberanía, las intenciones de Rabat y la necesidad de defender el territorio.
Pocos días después, el HMS Queen Elizabeth —un portaaviones de 65 000 toneladas, buque insignia de la Royal Navy y, por primera vez, plataforma de mando flotante de la Fuerza de Reacción Aliada de la OTAN— atracó en el North Mole, en Gibraltar. Las reacciones se mantuvieron comedidas. El contraste no es solo mediático: pone de relieve una postura española cuya firmeza parece depender tanto de la identidad del interlocutor como de los principios invocados.
Ceuta, un punto de tensión permanente
Ceuta no es un simple territorio periférico. Para España, el enclave representa una presencia continua en la costa africana, un punto de apoyo en el Estrecho y un símbolo de soberanía discutida por Marruecos. Los hechos de finales de julio están documentados. Según las fuentes citadas por El País, al menos una fragata y varias patrulleras marroquíes entraron de forma reiterada en aguas territoriales españolas los días 30 y 31 de julio, y de nuevo en los primeros días de agosto.
Estos movimientos, descritos como una «vulnerabilidad intencionada y repetida» y no como un simple tránsito, coincidieron con la entrada masiva de más de 70 000 personas. La tensión fue tal que se evitó por poco una colisión entre unidades de ambas marinas. La Armada respondió desplegando el buque de acción marítima Rayo, y después las fragatas Santa María y Navarra, procedentes de Rota.
Pedro Sánchez confirmó los hechos el 12 de octubre, antes de calificarlos de incidentes aislados entre vecinos y de subrayar la importancia de las relaciones con Marruecos. La portavoz del Gobierno, Elma Saiz, habló de un «hecho puntual» resuelto «con la más absoluta normalidad». La oposición denunció una agresión reiterada y exigió un despliegue naval, la convocatoria de la embajadora marroquí y explicaciones públicas. La prensa, desde El País hasta cabeceras más conservadoras, se hizo eco ampliamente del asunto, mezclando los elementos fácticos con interpretaciones sobre una posible dimensión de presión híbrida.
Episodios posteriores —una patrullera que permaneció varias horas en las aguas tras la visita de los reyes, o una fragata avistada a una quincena de kilómetros en septiembre— prolongaron el debate. Una presencia naval marroquí cerca de Ceuta activa rápidamente las alarmas porque afecta directamente al control territorial de un espacio que Madrid ocupa de forma efectiva y que Rabat no reconoce.
El HMS Queen Elizabeth en Gibraltar, otra dimensión
El HMS Queen Elizabeth pertenece a otra categoría. Con 65 000 toneladas, es el orgullo de la Royal Navy y, en este despliegue, la primera plataforma de mando flotante de la Fuerza de Reacción Aliada de la OTAN. Llegó al North Mole el 24 de octubre de 2026, tras zarpar de Portsmouth el 5 de septiembre y hacer escala en Belfast. Estaba prevista una jornada de puertas abiertas el 25 de octubre; las entradas gratuitas se agotaron enseguida.
La cobertura de los medios españoles del Campo de Gibraltar fue esencialmente factual, centrada en el acontecimiento local y el interés del público. No se ha informado de ninguna protesta oficial española enérgica en torno a esta escala concreta.
Gibraltar es un territorio británico de ultramar desde el Tratado de Utrecht de 1713, cuyo artículo X cede a la Corona británica «la propiedad plena y entera» de la ciudad, el castillo, el puerto y las fortificaciones. España mantiene su reivindicación, apoyándose en una lectura restrictiva de la cesión (límites territoriales, istmo, aguas) y en el marco de descolonización de la ONU.
Un reciente acuerdo entre el Reino Unido, la UE y Gibraltar ha eliminado la barrera física y facilitado la circulación, reafirmando al mismo tiempo de forma explícita que nada modifica las respectivas posiciones sobre la soberanía.
Ambos gobiernos lo recordaron ante la Cuarta Comisión de la ONU en octubre de 2026. Un portaaviones británico de primer nivel puede, por tanto, estacionarse en Gibraltar sin que Madrid considere necesario activar el mismo nivel de alarma que ante los movimientos marroquíes cerca de Ceuta.
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Dos potencias, dos relaciones de fuerza
Las diferencias no se limitan al estatuto jurídico de los territorios. Con Marruecos, España mantiene una relación de vecindad inmediata, densa y asimétrica: cooperación en materia migratoria y comercial, pero disputa abierta sobre la soberanía de Ceuta y Melilla. Rabat dispone de una marina en modernización y de múltiples palancas de influencia.
Una presencia naval cerca de Ceuta afecta al control efectivo del territorio y a la percepción de seguridad; por eso desencadena rápidamente reacciones mediáticas y políticas, aunque el Gobierno después intente restarle importancia para preservar el diálogo bilateral.
Con el Reino Unido, Madrid trata con una potencia nuclear, miembro permanente del Consejo de Seguridad y aliado en la OTAN, que ocupa Gibraltar de forma efectiva desde hace más de tres siglos. Cuestionar cada escala de un buque de esta envergadura con la misma intensidad expondría a España a un coste diplomático y estratégico que Madrid prefiere visiblemente evitar, tanto más cuanto que las dos capitales acaban de sellar un arreglo práctico sobre la circulación.
La firmeza exhibida se vuelve así selectiva. Se expresa con más vigor cuando el vecino se percibe como discutible y geográficamente cercano, y con más contención cuando el interlocutor goza de una clara superioridad militar e institucional. No es una excepción española; es una constante de las relaciones de fuerza. Pero resulta especialmente visible cuando ambas situaciones coexisten en el mismo espacio marítimo y en el mismo calendario mediático.
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La paradoja de la soberanía a dos velocidades
Madrid reclama Gibraltar en nombre de la integridad territorial y de una interpretación del Tratado de Utrecht, pero acepta en la práctica la presencia regular de importantes medios navales británicos en ese territorio. Al mismo tiempo, una fragata marroquí en las aguas de Ceuta —un territorio que España controla de forma efectiva— puede ocupar el debate político y mediático durante semanas.
Las dos situaciones no son idénticas ni jurídica ni militarmente: una se refiere a un territorio bajo control español discutido por un vecino inmediato; la otra, a un territorio bajo control británico reivindicado por Madrid. Su comparación revela, sin embargo, los límites concretos de la postura española. Los principios de soberanía se expresan con tanto más ruido cuanto más lo permite la relación de fuerzas local, y con tanta más discreción cuanto más aumenta el coste de una confrontación.
En el Mediterráneo occidental, la firmeza proclamada sigue estando en gran medida condicionada por la identidad de quien se tiene enfrente y por el precio político de un enfrentamiento.