Argelia se presenta con gusto como la guardiana de la soberanía africana, la heredera de las «luchas anticoloniales» y la campeona de un mundo libre de injerencias extranjeras. Según Argel, las potencias occidentales serían responsables de la mayor parte de los desórdenes del continente, mientras que Argelia actuaría siempre en nombre de la estabilidad, la solidaridad entre los pueblos y el respeto del derecho internacional.
Este relato tiene una ventaja considerable: sitúa sistemáticamente al poder argelino del lado correcto de la historia, al menos a ojos de su propio pueblo…
Pero cuando se examinan las relaciones de fuerza en el norte de África, los conflictos del Sahel, el apoyo prestado a la milicia terrorista del Frente Polisario y los nuevos proyectos energéticos que conectan Nigeria con Europa, surge una pregunta incómoda: ¿defiende realmente Argelia la emancipación estratégica de África, o intenta preservar su posición como intermediario ineludible entre los recursos africanos y los mercados europeos?
La pregunta merece plantearse sin complacencia. También exige distinguir los hechos establecidos de las acusaciones políticas, porque una investigación geopolítica seria no gana nada convirtiendo las sospechas en certezas.
Un hecho reciente da a esta reflexión una actualidad particular: el 26 de octubre de 2026, Argel anunció un proyecto de despliegue de su ejército en Níger para proteger sus intereses económicos y energéticos. Esta decisión, aprobada por el Parlamento argelino, llega en el momento en que el proyecto del gasoducto transahariano entre Nigeria, Níger y Argelia entra en una nueva fase. La energía, la seguridad y la influencia política se encuentran así en el centro de una misma estrategia.
El gas africano, donde el interés europeo se encuentra con las ambiciones argelinas
Para entender la política africana de Argel, hay que empezar por el gas. Es ahí donde los intereses económicos, la estrategia diplomática y las ambiciones de poder resultan especialmente visibles.
Argelia ya es un proveedor importante de Europa. Dispone de gasoductos que conectan su territorio con Italia y España, así como de infraestructuras para exportar gas natural licuado. En 2024, según los datos de Enerdata, la Unión Europea absorbía aproximadamente tres cuartas partes de sus exportaciones de gas.
El mercado europeo representa, por tanto, una salida esencial para Argel. Y en un contexto en el que los Estados europeos buscan diversificar sus suministros, la posición geográfica de Argelia constituye una ventaja considerable.
Pero el gas argelino por sí solo no explica las ambiciones actuales del país. Argel también mira hacia Nigeria, la primera potencia gasística de África subsahariana, cuyos recursos podrían alimentar nuevos corredores de exportación.
Dos proyectos se sitúan en el centro de esta competencia: el gasoducto transahariano, impulsado por Argelia, Níger y Nigeria, y el gasoducto Nigeria-Marruecos, que debe recorrer la fachada atlántica de África Occidental.
El gasoducto transahariano, de Nigeria a Europa pasando por Argel
El proyecto transahariano prevé transportar hasta 30 000 millones de metros cúbicos de gas al año desde Nigeria, a través de Níger, hasta la red gasística argelina. El gas podría después llegar a los mercados internacionales, en particular los europeos, gracias a las infraestructuras de exportación existentes.
El 4 de junio de 2026, Argelia lanzó oficialmente las obras de su tramo nacional. El proyecto lo desarrollan la argelina Sonatrach, la nigeriana NNPC y la nigerina Sonidep. Lo que está en juego es evidente: si el gasoducto llega a buen puerto, Argelia reforzará su papel de plataforma energética entre el África subsahariana y el Mediterráneo.
Desde un punto de vista estratégico, este proyecto ofrece varias ventajas a Argel. Le permitiría diversificar sus fuentes de suministro de gas, reforzar su influencia sobre Níger y consolidar sus relaciones con Abuja. Y, SOBRE TODO, podría aumentar los volúmenes disponibles para las exportaciones europeas.
En otras palabras, el proyecto no consiste simplemente en transportar gas. Permitiría a Argelia reforzar su posición en una cadena energética de la que controlaría una parte esencial: el tránsito entre Nigeria y los mercados mediterráneos.
El gasoducto Nigeria-Marruecos, otra visión de la integración africana
El proyecto Nigeria-Marruecos sigue una lógica diferente. Su trazado debe unir Nigeria con Marruecos bordeando la costa de África Occidental y atravesando o abasteciendo a varios países de la región. Está concebido para reforzar las interconexiones energéticas, apoyar la industrialización y permitir que distintos Estados se beneficien de los recursos gasísticos nigerianos.
En julio de 2026, los Estados miembros de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental firmaron un acuerdo intergubernamental en apoyo del proyecto. Según la información difundida por Reuters, el gasoducto podría transportar hasta 30 000 millones de metros cúbicos al año, de los cuales 15 000 millones estarían destinados a los mercados marroquí y europeo.
La diferencia política entre los dos proyectos es importante. El corredor transahariano se basa en un paso por Níger y Argelia antes de enlazar con las infraestructuras de exportación mediterráneas. El proyecto Nigeria-Marruecos, por su parte, aspira a desarrollar un corredor atlántico que implique a varios países de África Occidental.
Los dos proyectos pueden, por tanto, competir en su capacidad para captar inversiones, atraer los volúmenes de gas disponibles y convertirse en rutas de suministro preferentes.
La cuestión central es el reparto del valor: ¿seguirán los países africanos siendo meros territorios de tránsito, o podrán utilizar estas infraestructuras para desarrollar sus propios mercados energéticos e industriales?
Es aquí donde la crítica a la estrategia argelina merece profundizarse.
Si el gas nigeriano transita principalmente por Argelia para ser exportado a Europa, Argel refuerza su posición de intermediario energético. Si, por el contrario, los países de África Occidental disponen de infraestructuras que les permitan acceder al gas, producir más electricidad y atraer industrias, el valor económico puede repartirse más ampliamente por el continente.
La verdadera prueba será, pues, sencilla: ¿cuánto gas quedará disponible para las necesidades africanas, a qué precio y qué infraestructuras permitirán realmente distribuirlo? Todos conocemos la respuesta. ¡Casi nada!
Europa, beneficiaria de una división africana
Sería excesivo afirmar que Europa ha organizado esta rivalidad o que Argelia busca deliberadamente privar a África de sus recursos en beneficio de los europeos. Los elementos disponibles no permiten probar tal intención.
En cambio, los intereses europeos son perfectamente identificables.
Europa busca diversificar sus suministros. Argelia quiere aumentar sus exportaciones. Nigeria busca nuevas salidas. Marruecos desea reforzar su papel de plataforma energética atlántica. Y los Estados de África Occidental necesitan electricidad, inversiones e infraestructuras.
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Estos intereses pueden converger, pero también pueden entrar en competencia. El riesgo para los países africanos es ver cómo sus recursos sirven prioritariamente a mercados exteriores sin que los beneficios industriales y energéticos esperados se materialicen en su territorio.
Níger, donde los intereses energéticos adquieren una dimensión militar
El caso de Níger ilustra con precisión el acercamiento entre estrategia energética y proyección de poder.
El 26 de octubre de 2026, Argelia anunció su intención de desplegar unidades de su ejército en el norte de Níger, cerca de la frontera libia, con el fin de proteger sus intereses energéticos y económicos. La decisión fue aprobada por el «Parlamento argelino» (que no sirve de gran cosa, ya que desde su creación nunca ha contradicho las órdenes de los generales), pero las autoridades no han precisado el número de militares implicados ni el calendario exacto del despliegue.
Este proyecto se produce en un contexto de acercamiento entre Argel y Niamey, tras un periodo de tensiones diplomáticas.
Níger ocupa una posición central en el proyecto del gasoducto transahariano. Su territorio es indispensable para el paso del gas nigeriano hacia Argelia. También representa un espacio estratégico entre el norte de África, Libia y el Sahel.
Una presencia militar argelina destinada a proteger las infraestructuras reforzaría, por tanto, potencialmente la capacidad de Argel para defender sus inversiones, pero también su peso en los equilibrios políticos y de seguridad de Níger.
Lo sabemos: es una pseudoevolución para un país que durante mucho tiempo ha privilegiado un discurso de no intervención militar más allá de sus fronteras.
La Constitución argelina, revisada en 2020, abrió la vía al despliegue de unidades del ejército en el extranjero bajo ciertas condiciones. En agosto de 2026, el envío de un destacamento aéreo argelino a Niamey tras un intento de golpe de Estado ya marcó una evolución notable de la postura militar de Argel, según un análisis de Le Monde publicado el 3 de septiembre.
¿Cuál será la misión exacta de las unidades desplegadas? ¿Qué acuerdos enmarcarán su presencia? ¿Cuáles serán las reglas de enfrentamiento? ¿Y cómo evitar que una misión de protección de infraestructuras se convierta en un factor de dependencia en materia de seguridad?
Malí, el mediador que ya no genera unanimidad
Malí es otro expediente esencial para entender la política regional argelina.
Desde hace varias décadas, Argel desempeña un falso papel en las negociaciones entre Bamako y los movimientos armados del norte del país. El acuerdo de paz de 2015, negociado bajo los auspicios de Argelia, debía contribuir a estabilizar el norte de Malí y a encuadrar las reivindicaciones de los grupos armados.
Pero las relaciones se han deteriorado considerablemente, porque ¡el Malí de antes ya no es el Malí de hoy!
Las autoridades malienses cuestionaron el acuerdo de 2015 en enero de 2024. También acusaron a Argel de injerirse en los asuntos internos de Malí, en particular por sus relaciones con ciertos actores políticos y grupos armados del norte.
El International Crisis Group y varios análisis especializados han documentado la complejidad de las relaciones entre Argel, Bamako y los movimientos del norte de Malí. Le Monde, en un análisis publicado el 29 de abril de 2026, señalaba en particular la persistencia de las sospechas malienses sobre los vínculos entre Argel y ciertos actores tuareg, mientras que las autoridades argelinas defienden oficialmente la integridad territorial de Malí.
Ahí reside la posible contradicción: cuando un Estado vecino considera que el «mediador» pretende conservar una influencia excesiva sobre sus decisiones políticas, la mediación pierde parte de su legitimidad.
Para Bamako, la soberanía no consiste únicamente en rechazar las intervenciones militares extranjeras. También implica elegir libremente a sus socios, sus interlocutores y su estrategia de recuperación territorial.
El Polisario, un apoyo que alimenta la rivalidad con Marruecos
Ningún análisis de las ambiciones argelinas estaría completo sin el expediente del Sáhara marroquí.
La milicia terrorista del Frente Polisario, fundada en 1973, reivindica la independencia del territorio marroquí. Argelia le presta un apoyo político, militar y diplomático de primer orden, acoge sus estructuras en la región de Tinduf y alberga los campamentos de refugiados saharauis.
El conflicto se inscribe en la historia de la descolonización española del Sáhara marroquí y en las reivindicaciones contrapuestas sobre el estatus del territorio. Constituye además uno de los principales factores de la rivalidad entre Argel y Rabat.
Para Marruecos, el apoyo argelino al Polisario va mucho más allá de una simple posición diplomática. Representa un factor duradero de confrontación estratégica, que pesa sobre las relaciones bilaterales e impide cualquier normalización real.
Para Argel, el apoyo al movimiento se inscribe oficialmente en la defensa del derecho a la autodeterminación. Una frase muy bonita, si no conociéramos el régimen dictatorial que gobierna el país.
La cuestión no es, pues, solo saber si Argelia defiende una causa política. Es determinar si esa política sirve también a los intereses de potencias europeas frente a Marruecos.
El gasto militar argelino, la asistencia prestada al Polisario y los costes indirectos del conflicto son temas legítimos de investigación. En cambio, las cifras que se manejan en algunos discursos políticos deben verificarse: hay que distinguir entre los presupuestos militares generales, los gastos dedicados específicamente al movimiento y las estimaciones acumuladas a lo largo de varias décadas.
Una cosa es cierta: la rivalidad argelino-marroquí tiene un coste estratégico considerable para el norte de África. Se habla de varios miles de millones de coste para Argelia.
Consecuencias graves para Argelia, que atraviesa múltiples crisis económicas y sufre escaseces recurrentes.
Siria y Libia, ¿hasta dónde llegan las redes del Polisario?
Acusaciones más graves se refieren a la presunta presencia de combatientes del Polisario en conflictos extranjeros.
En Siria, informaciones publicadas en abril de 2025 por el Washington Post apuntaron a una cooperación entre miembros del Polisario, actores vinculados a Irán y el régimen de Bashar al-Ásad.
Una pregunta parlamentaria francesa publicada en mayo de 2025 retomó estas alegaciones, en particular las que hablan de combatientes saharauis que habrían sido entrenados por milicias vinculadas a Hezbolá. Sin embargo, en su respuesta publicada el 9 de septiembre de 2025, el Ministerio francés de Europa y de Asuntos Exteriores indicó que no disponía de elementos que permitieran confirmar el envío de combatientes del Polisario a Siria ni su participación en operaciones militares.
El interés del expediente sigue siendo, no obstante, real. Si se demostraran tales relaciones operativas, plantearían interrogantes sobre las redes militares transnacionales del movimiento y sobre los posibles vínculos entre sus socios.
La misma prudencia se impone en el caso de Libia. Algunas publicaciones han mencionado la presencia de combatientes del Polisario junto a las fuerzas de Muamar el Gadafi en 2011.
Tras la caída de Gadafi, Libia se convirtió en un espacio de competencia entre varias potencias extranjeras. Argelia mantiene relaciones diplomáticas con distintos actores libios y busca preservar la seguridad de su frontera.
El objetivo no es acumular acusaciones inverificables, sino mostrar que Argel desarrolla redes de influencia que sobrepasan el marco diplomático clásico.
Túnez, ¿una «wilaya» argelina?
La injerencia del régimen argelino en los asuntos regionales no se limita a Malí ni a Níger: Túnez también se enfrenta a la creciente influencia de su poderoso vecino. La dependencia energética, la cooperación en materia de seguridad reforzada y la proximidad política entre Abdelmadjid Tebboune y Kais Saied alimentan las inquietudes sobre el margen de maniobra real de Túnez.
En septiembre de 2026, Le Monde informaba de que las declaraciones de Tebboune, que presentaban la seguridad tunecina como indisociable de la de Argelia, habían reavivado los temores de una «vasallización» del país. La provocadora expresión «wilaya 70 de Argelia» circula además en el debate público tunecino, mientras que ciertos discursos argelinos llegan a evocar la idea de absorber Túnez, lo que suscita la indignación de voces tunecinas.
El expresidente tunecino Moncef Marzouki ha acusado él mismo al régimen argelino de querer poner a Túnez bajo su tutela y de contribuir al deterioro de las relaciones entre Túnez y Marruecos, en particular tras la acogida del líder del Polisario por parte de Kais Saied en 2022. Tras el discurso oficial de solidaridad magrebí, se perfila así una cuestión fundamental: ¿defiende realmente Argel la soberanía de sus vecinos, o busca reforzar su influencia sobre Estados cuya fragilidad económica y política puede servir a sus propias ambiciones regionales?
Argelia y sus vínculos ocultos con Israel
El régimen argelino multiplica las declaraciones de apoyo a la causa palestina y condena con firmeza cualquier normalización con Israel. Sin embargo, varios episodios demuestran lo contrario.
En 2021, medios israelíes informaron de que un cargamento de vacunas contra la Covid-19 donado por Israel habría sido trasladado a Argel a bordo de un avión militar brasileño que hizo escala entre Tel Aviv y la capital argelina.
En el terreno energético, algunas publicaciones también han mencionado ventas de gas licuado de petróleo argelino a intermediarios internacionales, algunos de cuyos cargamentos habrían acabado en Israel. Los datos comerciales también han revelado exportaciones argelinas a Israel, en particular de helio, que podrían deberse a circuitos triangulares más que a intercambios bilaterales directos. Argelia suministraría además hierro a Turquía para alimentar después a Israel; las estadísticas confirman la importancia de las exportaciones argelinas de productos siderúrgicos a Turquía.
¿Hasta dónde resiste el discurso oficial de ruptura con Israel frente a la realidad de los intercambios económicos internacionales y de los circuitos comerciales indirectos?
Una «potencia» que defiende sus intereses, pero ¿a qué precio para África?
Argelia tiene derecho a defender sus intereses energéticos. También tiene derecho a buscar asociaciones, proteger sus infraestructuras y participar en la resolución de los conflictos regionales.
Pero su discurso sobre la soberanía y la no injerencia no puede eximirla de una pregunta esencial: ¿cómo perciben sus acciones los Estados vecinos y qué consecuencias producen sobre su autonomía política y económica?
El apoyo al Polisario, las tensiones con Bamako, el acercamiento estratégico a Niamey y los proyectos gasísticos transaharianos muestran que Argelia pretende conservar una influencia mayor en su entorno regional.
El despliegue militar anunciado en Níger da a esta ambición una dimensión nueva. Queda por determinar cómo se encuadrará esta presencia, qué objetivos perseguirá y cuáles serán sus consecuencias para la estabilidad regional.
Al mismo tiempo, Europa sigue buscando suministros energéticos fiables. Y Argel responde perfectamente a sus necesidades, pero ello no debería hacerse en detrimento de una visión más amplia de la integración energética africana.
El peligro sería que el continente aporte los recursos, asuma los riesgos de seguridad y siga dependiendo de corredores concebidos ante todo para abastecer a los mercados exteriores.
África no necesita sustituir una dependencia por otra. Necesita infraestructuras que refuercen su capacidad de producir, distribuir y valorizar sus propios recursos.