Mohammed VI-A y Mohammed VI-B, puestos en órbita en 2017 y 2018, se han asociado durante mucho tiempo a la defensa. Su uso se ha ampliado desde entonces, y es ese desplazamiento el que quiero examinar aquí: una capacidad concebida en origen para la soberanía se ha convertido en una herramienta para la agricultura, la gestión del agua y, potencialmente, la diplomacia.
Dos satélites, una misma ambición de autonomía
Mohammed VI-A fue lanzado el 8 de noviembre de 2017 desde Kourou, en la Guayana Francesa, a bordo de un cohete Vega de Arianespace. Su gemelo, Mohammed VI-B, se unió a él en la noche del 20 al 21 de noviembre de 2018, desde el mismo emplazamiento. Ambos fueron construidos por un consorcio franco-europeo en el que Thales Alenia Space actuó como contratista principal del sistema y Airbus como cocontratista. Están operados por ingenieros y técnicos marroquíes desde una estación de control y recepción de imágenes situada cerca de Rabat.
Se trata de satélites ópticos de muy alta resolución. Según las especificaciones comunicadas en su momento, distinguen objetos de unos 70 centímetros sobre el terreno. Para un no especialista, esto significa que se puede identificar un edificio, una parcela o un vehículo, pero no leer una matrícula. Al evolucionar en órbita baja, los dos aparatos se complementan. La prensa especializada mencionó, con motivo del segundo lanzamiento, más de 500 imágenes diarias de cualquier punto del globo, una cifra que conviene manejar con cautela, ya que describe una capacidad teórica y no un volumen publicado por el operador.
Lo que estaba en juego inicialmente era estratégico. Durante décadas, Marruecos dependió de imágenes adquiridas a proveedores extranjeros, con las limitaciones que ello implica en plazos, costes y confidencialidad. Poseer sus propios satélites permite decidir qué observar, cuándo y con qué grado de reserva.
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Una doble vocación civil y militar
Las autoridades marroquíes siempre han presentado estos satélites como herramientas polivalentes. La misión oficial, recordada antes del primer lanzamiento, abarca la cartografía y el catastro, la ordenación del territorio, el seguimiento de la actividad agrícola, la prevención y gestión de catástrofes naturales, el seguimiento de la evolución ambiental y de la desertificación, así como la vigilancia de fronteras y litoral.
Esta dualidad es una realidad técnica tanto como política. Una imagen con 70 centímetros de resolución sirve igual para evaluar el estado de un cultivo que para observar un emplazamiento sensible. Según la prensa marroquí, Mohammed VI-A estaría orientado más bien a usos de defensa y Mohammed VI-B a aplicaciones más civiles. Que yo sepa, este reparto no ha sido objeto de una comunicación oficial detallada, y lo presento como tal.
La agricultura y el agua, primeros campos de aplicación
Es en el terreno civil donde los usos se han concretado más. En su declaración de 2025 ante la Comisión de las Naciones Unidas para la Utilización del Espacio Ultraterrestre con Fines Pacíficos (COPUOS), Marruecos presentó el sector espacial como una palanca al servicio del desarrollo sostenible, la resiliencia climática y la gestión de los recursos. Describió un enfoque dirigido por el Centro Real de Teledetección Espacial (CRTS) en apoyo de las instituciones nacionales.
En materia de seguridad hídrica y alimentaria, la misma declaración indica que existe desde 2015 un sistema nacional de vigilancia de la sequía basado en imágenes satelitales, es decir, antes del lanzamiento de los satélites. Para la gestión de las aguas subterráneas, menciona el uso de imágenes de muy alta resolución procedentes, en particular, de Mohammed VI-A y B.
En términos prácticos, la teledetección permite:
- cartografiar la ocupación del suelo y seguir la evolución de los cultivos a lo largo de la campaña;
- estimar los rendimientos de cereal antes de la cosecha;
- detectar las extracciones de agua y las superficies de regadío;
- vigilar el avance de la desertificación y el estado de los bosques.
Para un país en el que la agricultura sigue siendo un pilar económico y social, y al que años de sequía han puesto a prueba con dureza, estos datos tienen un valor evidente. Cuando se produjo el segundo lanzamiento, responsables e investigadores ya subrayaban su utilidad para dirigir las campañas agrícolas y mejorar las estadísticas sectoriales. Queda una pregunta que no puedo zanjar por falta de datos públicos: ¿en qué medida llegan realmente estas imágenes a agricultores, cooperativas y operadores privados, y bajo qué forma? Un satélite potente solo genera valor si la cadena de tratamiento y difusión lo acompaña.
Por qué África entra en el campo de visión
Un satélite en órbita baja no conoce fronteras. Los mismos sensores que observan el Souss o el Gharb pueden, según la programación, cubrir el Sahel, África Occidental u otras regiones. Es ahí donde el asunto cambia de escala.
Marruecos ha hecho de la cooperación Sur-Sur, y en particular de la seguridad alimentaria en África, un eje declarado de su política exterior. El embajador marroquí ante la ONU, Omar Hilale, ha presentado la seguridad alimentaria como una prioridad estratégica del rey Mohamed VI para el continente, recordando que la inseguridad alimentaria alimenta los conflictos, las migraciones y la inestabilidad política. En ese marco, los datos de observación de la Tierra pueden nutrir alertas tempranas sobre sequías, el seguimiento de cosechas o la gestión de recursos hídricos transfronterizos.
Debo, sin embargo, ser preciso sobre lo que está establecido y lo que no. Que los satélites marroquíes sean técnicamente capaces de captar imágenes de territorios africanos es un hecho. Que exista un dispositivo estructurado de intercambio de estos datos con Estados africanos, con volúmenes, beneficiarios y condiciones de acceso públicos, es en cambio un punto que no he podido verificar en fuentes oficiales recientes. Será uno de los elementos que habrá que documentar para medir el alcance real de esta dinámica.
Un panorama espacial marroquí en recomposición
El programa no se detiene en estos dos satélites. Los microsatélites universitarios UM5-EOSat y UM5-Ribat figuran en bases de datos especializadas con fecha de 2024, orientados a la vigilancia ambiental, la educación, el ámbito marítimo y el internet de las cosas. Revelan un esfuerzo de formación y un ecosistema que se amplía, aunque sus capacidades no tengan comparación con las de los dos satélites principales.
Por otra parte, la prensa ha informado de que Marruecos prepara una nueva generación de observación, con un satélite de tipo OptSat-3000 diseñado por la empresa israelí ImageSat International, con una resolución del orden de 40 centímetros. Según estas publicaciones, sustituiría o completaría a Mohammed VI-A y B. Procede una reserva: esto se apoya en fuentes mediáticas y, que yo sepa, las autoridades marroquíes no han detallado públicamente el calendario ni las condiciones del contrato. De confirmarse, ilustraría una diversificación de socios, tras una primera generación de origen franco-europeo, y una mejora notable en precisión.
Los desafíos y las preguntas abiertas
Tres cuestiones me parecen estructurar lo que viene.
La primera es la soberanía de los datos. Poseer satélites reduce la dependencia, pero la independencia plena exige también lanzadores, estaciones terrestres, capacidad de procesamiento y competencias, ámbitos en los que Marruecos sigue dependiendo de socios extranjeros.
La segunda se refiere a la valorización. Las imágenes solo tienen valor económico si se transforman en servicios utilizables: índices de vegetación, previsiones de rendimiento, mapas de riesgo. El desarrollo de un sector privado de análisis geoespacial, todavía modesto, será determinante.
La tercera es geopolítica. Observar territorios vecinos, aun con fines civiles, nunca es neutro en una región donde la desconfianza es real. La claridad sobre los usos, la gobernanza y el intercambio de datos será un factor de confianza, o de recelo, según cómo se gestione.
Conclusión
Los satélites marroquíes han cambiado de estatus. Herramienta de soberanía en su lanzamiento, sirven hoy para vigilar la sequía, el agua y los cultivos, y abren la posibilidad de un papel regional en materia de datos de observación de la Tierra. La verdadera medida de su éxito se jugará menos en el espacio que sobre el terreno: en la capacidad de convertir imágenes en decisiones, para los agricultores marroquíes y, quizá mañana, para sus vecinos africanos.
Preguntas frecuentes
¿Cuántos satélites de observación posee Marruecos?
Dos satélites principales, Mohammed VI-A (2017) y Mohammed VI-B (2018). En 2024 se registraron microsatélites universitarios, con capacidades mucho más limitadas.
¿Cuál es la resolución de estos satélites?
Unos 70 centímetros sobre el terreno, según las especificaciones comunicadas con motivo de los lanzamientos.
¿Para qué sirven en el ámbito civil?
Cartografía, ordenación del territorio, seguimiento agrícola, vigilancia de la sequía, gestión del agua y prevención de catástrofes.
¿Se comparten los datos con otros países africanos?
No he encontrado un dispositivo oficial detallado y público al respecto. El asunto queda por documentar.