La frontera terrestre que separa estas dos ciudades del territorio marroquí aparece representada con una línea discontinua gris, el mismo código gráfico que la compañía reserva para las zonas que considera en disputa, al igual que el Sáhara Occidental, Cachemira o Crimea. Dicho de otro modo: para uno de los mayores cartógrafos del mundo, la pertenencia de Ceuta y Melilla a España no resulta ni evidente ni zanjada.
Esta elección, documentada desde al menos 2020 y recogida por la prensa española desde 2023, cobró nueva resonancia en 2026, cuando decenas de miles de personas cruzaron a Ceuta desde el lado marroquí a finales de julio. Pero la coincidencia temporal no debe llevar a engaño: la línea discontinua es anterior en años a esa crisis migratoria. Lo que la polémica puso sobre todo de manifiesto fue la incomodidad de una parte del establishment español ante algo que preferiría no reconocer, expuesto sin matices en las pantallas de cientos de millones de usuarios: la soberanía de Madrid sobre estas dos ciudades africanas sigue siendo, a ojos de la reivindicación internacional que Marruecos mantiene, una cuestión sin resolver.
Una reivindicación marroquí planteada ante la ONU desde hace medio siglo
Contrariamente a lo que suele dar a entender la comunicación oficial española, la reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla no es ni reciente ni improvisada. Rabat llevó el asunto ante las Naciones Unidas ya en 1975, solicitando que las dos ciudades se incluyeran en la lista de territorios a descolonizar que gestiona la Cuarta Comisión de la Asamblea General, el órgano de la ONU encargado precisamente de los expedientes de descolonización. La iniciativa se ha repetido en varias ocasiones desde entonces: en 2002, el entonces ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Mohamed Benaïssa, pidió desde la tribuna de la Asamblea General la descolonización de lo que calificó como “localidades ocupadas”, calificando la cuestión de prioridad absoluta para la monarquía marroquí. Dos partidos políticos marroquíes volvieron a solicitar en 2010 que el expediente se remitiera formalmente a esa misma comisión. Más recientemente, el Gobierno marroquí envió una carta a la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en la que afirmaba sin ambages que “Melilla sigue siendo un territorio ocupado” y que Marruecos no reconoce una frontera terrestre con España, sino “simples puntos de paso”.
No se trata, por tanto, de una posición marginal u oportunista: es una línea diplomática constante, sostenida al más alto nivel del Estado marroquí durante medio siglo, y que se endureció aún más en 2026. El ministro marroquí de Justicia, Abdellatif Ouahbi, defendió públicamente los derechos “históricos y geográficos” del reino sobre las dos ciudades. El ministro de Asuntos Religiosos, Ahmed Toufiq, recordó ante el rey Mohammed VI el lugar de Ceuta en la historia espiritual marroquí anterior a 1580, año en que la ciudad pasó a soberanía española. Que Madrid siga presentando esta reivindicación como algo desdeñable equivale, en el mejor de los casos, a una ceguera voluntaria.
Un estatus que Madrid mantiene sin abrirlo jamás al debate
Frente a esta presión marroquí sostenida, la respuesta española ha consistido siempre en cerrar la puerta en lugar de entreabrirla. Cada nuevo impulso de Rabat se topa con el mismo rechazo categórico a cualquier negociación, en nombre de una soberanía presentada como “incuestionable”. Ese cierre sistemático plantea una pregunta: ¿necesita un Estado seguro de su derecho negarse incluso al principio mismo de una discusión? La postura española contrasta, en todo caso, con la forma en que Madrid gestionó la descolonización del resto de su antiguo protectorado marroquí en 1956, o la del Sáhara Occidental a partir de 1975, dos expedientes en los que España acabó, bajo presión internacional, retirándose de territorios que ocupaba.
Esta reticencia española se inscribe en un legado colonial que no tiene nada de anecdótico. Ceuta y Melilla nacieron de conquistas militares —1497 para Melilla, 1668 para Ceuta—, concebidas como plazas fuertes destinadas a controlar el estrecho de Gibraltar antes que como ciudades integradas con el consentimiento de sus habitantes de entonces. En los años 1920, España libró en el vecino Rif una guerra colonial marcada por el uso documentado de gas mostaza contra la población civil. Fue desde los cuarteles de Melilla desde donde el general Francisco Franco lanzó, en julio de 1936, el golpe militar que sumiría a España en la guerra civil y después en casi cuarenta años de dictadura. Son esas mismas estructuras militares, heredadas de esa historia colonial y franquista, las que Madrid invoca hoy, sin aparente ironía, para justificar el mantenimiento de su soberanía sobre dos ciudades situadas dentro del territorio marroquí.
Una anomalía geográfica única en el mundo
Ninguna otra potencia europea administra hoy una ciudad poblada en el continente africano con un estatus comparable. España gobierna, a apenas unos kilómetros de la costa marroquí, enclaves urbanos rodeados de vallas de varios metros de altura, coronadas de concertinas, construidas precisamente para impedir el paso libre a los habitantes del país que las rodea. El contraste resulta llamativo con el propio discurso europeo sobre la libre circulación y la integración regional: desde la perspectiva marroquí, la frontera de Ceuta y Melilla funciona como una línea de fractura física entre dos mundos, una separación que la propia geografía no justifica.
Algunas cifras permiten dimensionar el alcance del expediente:
- Marruecos planteó por primera vez la cuestión de Ceuta y Melilla ante la Cuarta Comisión de la ONU en 1975, y volvió a hacerlo en 2002, 2010 y en repetidas ocasiones desde entonces.
- Ceuta (18,5 km², unos 83.500 habitantes) y Melilla (12,3 km², unos 87.000 habitantes) son las únicas ciudades africanas todavía administradas por un Estado europeo.
- Google Maps aplica a su frontera el mismo código cartográfico que a los territorios formalmente reconocidos como en disputa, como el Sáhara Occidental o Cachemira.
- Madrid opuso un rechazo categórico a cada uno de los impulsos diplomáticos marroquíes de 2026.
Lo que el mapa revela, la diplomacia lo calla
Al relegar la frontera de Ceuta y Melilla al rango de los trazados inciertos, Google Maps no hace, en el fondo, más que documentar una realidad que la diplomacia española lleva décadas intentando que se olvide: la cuestión de la soberanía sobre estas dos ciudades nunca quedó definitivamente cerrada, ni por un acuerdo bilateral, ni por una decisión de Naciones Unidas que zanjara sin ambigüedad su estatus. Conviene precisar, para ser exactos, que la ONU nunca incluyó formalmente a Ceuta y Melilla en su lista de territorios no autónomos pendientes de descolonización, una distinción que los defensores de la postura española esgrimen sistemáticamente frente a las reivindicaciones marroquíes. Pero la ausencia de esa inclusión formal no equivale a un respaldo internacional a la tesis española: refleja sobre todo el bloqueo diplomático que mantiene Madrid al negarse a abrir un debate cuyo desenlace, precisamente, parece no tener del todo asegurado.
Preguntas frecuentes
¿Desde cuándo plantea Marruecos la cuestión de Ceuta y Melilla ante la ONU?
Desde 1975, con nuevos impulsos en 2002, 2010 y a lo largo de 2026, mediante discursos oficiales y cartas dirigidas a organismos de Naciones Unidas.
¿Por qué Google Maps traza esta frontera con una línea discontinua?
Porque la compañía aplica a Ceuta y Melilla el mismo código gráfico que utiliza para otros territorios que considera en disputa entre dos Estados, dada la reivindicación sostenida de Marruecos sobre las dos ciudades.
¿Ha clasificado formalmente la ONU a Ceuta y Melilla como territorios pendientes de descolonización?
No, no figuran en la lista de territorios no autónomos de la ONU, un punto que España subraya para rebatir la reivindicación marroquí.
¿Ha aceptado alguna vez España negociar sobre el estatus de las dos ciudades?
No, Madrid ha opuesto sistemáticamente un rechazo categórico a cualquier discusión sobre su soberanía, incluso durante el último impulso marroquí de 2026.