Recuerdo una anécdota que resume por sí sola la paradoja del ejército español. En julio de 2002, seis helicópteros, comandos y buques de guerra se movilizan para recuperar el islote deshabitado de Perejil, unas pocas hectáreas de roca a 200 metros de la costa marroquí. La operación termina con éxito sin un solo disparo. En aquel momento, el episodio invitaba a la sonrisa. Más de veinte años después, se lee como una advertencia, porque la correlación de fuerzas con Rabat ya no es la de 2002.
No pretendo aquí cargar contra una institución. Los militares españoles gozan de buena reputación en la OTAN, tanto por su profesionalidad como por su disciplina. La cuestión es más bien por qué la quinta economía del continente, y una de las más expuestas geográficamente, ha dejado que su herramienta militar se deteriore hasta el punto de que sus propios oficiales den la voz de alarma.
Una herencia franquista de la que el ejército nunca salió del todo
Para entender el estado actual de las fuerzas españolas, hay que remontarse a Franco. De 1939 a 1975, el ejército es el pilar del régimen, y su misión es ante todo interior: mantener el país bajo control. Los analistas describen una institución desmesurada, sobrecargada de oficiales, equipada con material heterogéneo y envejecido, lejos de un ejército orientado hacia un adversario exterior.
La transición democrática complica aún más el panorama. El intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, encabezado por el teniente coronel Antonio Tejero, recuerda que una parte de los mandos aún soñaba con recuperar el poder. Los dirigentes de entonces buscaron menos reforzar al ejército que volverlo dócil. Hicieron entrar a España en la OTAN en 1982, organizaron el referéndum de 1986 con condiciones y después integraron al país en los marcos europeos, hasta la supresión del servicio militar obligatorio en 2001.
Este pasado explica un reflejo duradero de la opinión pública: un ejército útil, pero discreto. Según una encuesta del Eurobarómetro de 2025, solo alrededor del 20 % de los españoles considera la defensa una prioridad, un nivel que en Europa solo iguala Malta.
Cuando el armamento se compra a crédito
El segundo punto de inflexión, que me parece el más instructivo, es financiero. A finales de los años noventa y principios de los 2000, España, impulsada por el boom de la construcción, se lanza a ambiciosos programas de armamento: el Eurofighter Typhoon, el carro de combate Leopard 2E producido bajo licencia, las fragatas F100, blindados y helicópteros.
Para financiarlos, Madrid recurre a los «programas especiales de armamento». En lugar de gravar el presupuesto de defensa, las compras se financian con préstamos a tipo cero, concedidos a través del Ministerio de Industria y reembolsables mucho más tarde. La lógica es la del crédito al consumo aplicado a carros de combate y fragatas.
El mecanismo funciona mientras la economía va viento en popa. Luego estalla la burbuja inmobiliaria y el presupuesto de defensa se recorta. Durante más de una década, España dedica en torno al 1,2 % de su PIB a sus fuerzas armadas, y baja al 0,8 % en 2016 según las cifras citadas por varios analistas. Los vencimientos de reembolso, en cambio, llegan puntualmente. El resultado es paradójico: el dinero disponible sirve para pagar material ya entregado, y queda demasiado poco para combustible, piezas de repuesto, municiones y adiestramiento. Algunas unidades se ejercitan menos, algunos aparatos permanecen en tierra: el material existe, pero no los medios para utilizarlo.
Una herramienta militar de dos velocidades
El balance actual es contrastado, y eso es lo que lo hace difícil de resumir. Estos son los puntos de referencia que he retenido, que conviene verificar antes de publicar con las fuentes oficiales:
- Efectivos: alrededor de 117 000 militares en activo, de los cuales aproximadamente 73 000 en el ejército de tierra, 20 000 en el ejército del aire y 20 000 en la armada.
- Ejército de tierra: carros Leopard 2E en número limitado, un nuevo blindado de ocho ruedas, el Dragón, cuyas entregas acumulan retraso, y una carencia notable en artillería de largo alcance.
- Aviación: Eurofighter modernos, pero una flota de F/A-18 Hornet envejecida, cuya retirada, prevista hacia 2030, se ha aplazado por falta de sustituto.
- Armada: el punto fuerte. El astillero público Navantia exporta sus fragatas F100, cuyo diseño sedujo a Australia y Noruega, y prepara las F110 y los submarinos S-80.
- Portaeronaves: el Juan Carlos I depende de aviones de despegue vertical para los que ya no existe un sustituto disponible.
España también renunció en 2025 a adquirir el F-35 para apostar por el programa europeo FCAS, que hoy atraviesa grandes dificultades. Madrid se queda así sin una trayectoria clara para su futuro avión de combate. Queda una armada de muy buen nivel tecnológico, pero de vocación regional: coherente con el tamaño del país, sin ambición de proyección global.
El vecino del sur se arma
Aquí es donde el tema deja el terreno de la comparación presupuestaria para tocar la seguridad real. Desde el episodio de Perejil, Marruecos ha emprendido un rearme metódico: carros de combate estadounidenses, F-16 modernizados, lanzacohetes HIMARS, drones turcos e israelíes, defensa antiaérea diversificada. Según varias estimaciones, Rabat dedica en torno al 3,5 % de su PIB a la defensa, bastante más que Madrid, y figura entre los mayores importadores de armas del continente africano.
En julio de 2025, un informe de la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas españolas reconoció que la superioridad militar de España sobre Marruecos ya no estaba garantizada y que su capacidad de disuasión se había debilitado. Viniendo de un órgano militar español, la constatación es poco habitual. Adquiere un relieve particular con Ceuta y Melilla, dos ciudades situadas en suelo africano, y con las recientes tensiones en torno a Ceuta, que invito a actualizar antes de publicar.
Por qué Madrid no se rearmó antes
Sería demasiado fácil hablar de simple desidia. Varias razones, que me parecen coherentes aunque no las apruebe todas, explican la prudencia española.
En primer lugar, la geografía. Alejada de Rusia, España no percibe la amenaza como lo hacen Polonia, Finlandia o Alemania. Después, la opinión pública. Una encuesta de 2025 recogida por la prensa indica que el 58 % de los españoles se opone a un aumento del gasto militar, y una encuesta Gallup de 2023 muestra que solo el 29 % se declara dispuesto a luchar por su país. Por último, la política: Pedro Sánchez dirige una coalición frágil, con elecciones generales previstas para 2027, y un aumento masivo del presupuesto militar sería impopular.
Esta ecuación explica el episodio de la cumbre de la OTAN de 2025. Cuando los aliados adoptaron un objetivo del 5 % del PIB dedicado a defensa y seguridad bajo la presión de Washington, España negoció una exención, lo que le valió duras críticas de Donald Trump. Desde un punto de vista estrictamente español, la posición es defendible. Para la Alianza, convierte a Madrid en el eslabón que sus socios juzgan más reticente.
Un despertar real pero todavía incompleto
Sería injusto describir un ejército abandonado. En 2025, el Gobierno de Sánchez anunció un plan de más de 10 000 millones de euros adicionales para alcanzar por fin el 2 % del PIB, con un objetivo de reclutamiento de unos 14 000 militares de aquí a 2035. Se han hecho nuevos pedidos de Eurofighter y la industria naval funciona a pleno rendimiento.
De este cuadro retengo dos lecturas posibles, que no pretendo zanjar. La primera es la de los críticos: España sigue muy por debajo de lo que justificaría su peso económico, y el esfuerzo actual llega tarde. La segunda es la de sus defensores: un país sin una amenaza directa inminente puede legítimamente decantarse por sus servicios públicos, mientras que la OTAN haría bien en admitir que cada miembro no tiene por qué construir el mismo modelo de ejército.
Esta segunda idea merece tomarse en serio. Algunos analistas abogan por un ejército español orientado hacia el Mediterráneo occidental, el estrecho de Gibraltar y el Sahel, en lugar de alinearse con el modelo de defensa del flanco oriental. Eso supone una armada reforzada, fuerzas expedicionarias ligeras y una elección clara sobre el avión de combate. Un proyecto así seguiría siendo costoso, pero tendría al menos el mérito de la coherencia estratégica.
Lo que me llevo de todo esto
El ejército español no es ni un gigante dormido ni una cáscara vacía. Es una herramienta mal financiada durante veinte años, construida a crédito, apartada del debate público y ahora atrapada entre un vecino del sur que se arma deprisa y un aliado estadounidense menos dispuesto a ejercer de garante. La verdadera cuestión no es si Madrid gastará más, sino para qué, y con cuánta claridad. Mientras el país no resuelva esa cuestión, los miles de millones anunciados corren el riesgo de servir sobre todo para recuperar el retraso en lugar de construir una estrategia.
FAQ
¿Es realmente débil el ejército español?
Es relativamente potente en algunos ámbitos, sobre todo la armada, pero va rezagado en el ejército de tierra y la aviación de combate en relación con el peso económico del país.
¿Por qué rechazó España el objetivo del 5 % de la OTAN?
El Gobierno de Sánchez alega la lejanía de la amenaza rusa, sus prioridades sociales y una opinión pública mayoritariamente contraria a un aumento del gasto militar.
¿Puede España defender Ceuta y Melilla?
Un informe de la escuela militar española de 2025 estima que su superioridad sobre Marruecos ya no está garantizada, lo que debilita su capacidad de disuasión.
¿Se está rearmando España?
Sí. Un plan anunciado en 2025 prevé más de 10 000 millones de euros adicionales para alcanzar el 2 % del PIB y reclutar a unos 14 000 militares de aquí a 2035.