La inteligencia artificial en la universidad marroquí ha dejado de ser una hipótesis de futuro. En las aulas y en las bibliotecas, se ha colado en la vida cotidiana de los estudiantes, a menudo sin hacer ruido y sin ningún marco. Búsqueda documental, resumen de clases, traducción de fuentes extranjeras, preparación de exposiciones: los usos se multiplican, y con ellos una pregunta que oigo repetirse sin cesar. ¿Cómo aprovechar estas herramientas sin que sustituyan a la reflexión y al esfuerzo?
No pretendo zanjar la cuestión. Pero tras escuchar a estudiantes y a un universitario sobre el tema, tengo la impresión de que el debate se está desplazando. La pregunta ya no es si la inteligencia artificial tiene cabida en los campus, sino bajo qué condiciones.
Usos que se han vuelto habituales
Lo primero que llama la atención es la rapidez del cambio. En unos segundos, un documento extenso puede resumirse, una información puede reformularse, una fuente redactada en otro idioma puede volverse accesible. Estas posibilidades ya están modificando hábitos de trabajo que hasta hace poco eran la norma.
Una estudiante me dice sin rodeos que la inteligencia artificial forma ya parte integral de sus estudios. La utiliza para resumir documentos largos y traducir fuentes extranjeras. En un sistema universitario donde el multilingüismo es una realidad cotidiana, entre árabe, francés e inglés, el argumento de la traducción no es menor. Acceder a una bibliografía redactada en una lengua menos familiar exigía antes tiempo, y a veces recursos que no todos tienen.
Otro estudiante va más lejos. Para él, la herramienta no supone un peligro para la productividad ni para la creatividad. Ve en ella una forma de ganar tiempo y ahorrar esfuerzo. Donde antes recurría a los buscadores tradicionales, ahora obtiene una primera orientación sobre su tema, acompañada de pistas de fuentes. Una tercera voz, más breve, coincide: recurre a la herramienta para la traducción, el resumen y las búsquedas rápidas, y rechaza la idea de que enseñe a ser perezoso. A su juicio, simplemente facilita los estudios.
No descarto estos testimonios con un gesto displicente. Describen una práctica razonada, en la que la herramienta se presenta como una ayuda. La estudiante que resume documentos insiste además en un punto: la inteligencia artificial debe seguir siendo un instrumento de apoyo, y no hay que volverse dependiente de ella.
Un ahorro de tiempo real, pero a qué precio
Esa es precisamente la frontera que me interesa. Ganar tiempo es un beneficio tangible. Pero el tiempo dedicado a un texto difícil, leerlo, comprenderlo, reformularlo uno mismo, también forma parte del aprendizaje. Cuando la herramienta produce el resumen, el estudiante gana una hora y quizá pierde la ocasión de construir su propia comprensión.
No digo que esa pérdida sea sistemática. Todo depende de cómo se emplee la herramienta. Usada como punto de partida, para orientarse en un campo desconocido o localizar referencias, puede abrir puertas. Usada como punto de llegada, para entregar un texto listo para presentar, vacía el ejercicio de sentido. Entre esos dos extremos se juega lo esencial del debate.
Los puntos que se repiten en los testimonios que he recogido pueden resumirse así:
- la inteligencia artificial se usa sobre todo para resumir, traducir y realizar búsquedas preliminares;
- los estudiantes entrevistados la perciben como una ayuda, no como un sustituto de su trabajo;
- ellos mismos reconocen el riesgo de dependencia;
- el pensamiento crítico y la verificación de la información aparecen como el principal punto de vigilancia.
El pensamiento crítico, el verdadero desafío de fondo
Tras la facilidad de acceso a la información se plantea otro desafío, más discreto pero más decisivo: el del pensamiento crítico. Un resumen generado por una máquina tiene apariencia de autoridad. Es fluido, estructurado, seguro de sí mismo. Nada en su forma indica que pueda contener aproximaciones, omisiones, incluso errores presentados con aplomo.
Es lo que subraya un universitario al que escuché. Para él, lo primero que hay que corregir es la idea de que bastaría con prohibir estas herramientas. Me pareció que tocaba un punto central. Prohibir tiene algo de tranquilizador, pero dudo de la eficacia de una prohibición frente a herramientas accesibles desde cualquier teléfono. Una norma que no se puede hacer cumplir acaba teniendo solo un valor simbólico.
Su razonamiento va más allá, y me parece lúcido. El ser humano busca por naturaleza el camino más fácil, lo que puede llevar al estudiante a una forma de dependencia de una herramienta que considera muy seductora. Sin mecanismos de acompañamiento, teme que se formen estudiantes desprovistos de pensamiento crítico, que ya no se toman el tiempo de verificar la información. En su opinión, la pelota está en el tejado de los docentes y los universitarios, a quienes corresponde poner en marcha esos mecanismos.
Acompañar en lugar de prohibir
¿Qué implica concretamente ese acompañamiento? Los testimonios no entran en detalle, y me abstendré de aplicar recetas prefabricadas. Pero se pueden esbozar razonablemente algunas pistas, que los centros son libres de adoptar o no.
La primera consiste en aclarar las normas. ¿En qué trabajos se tolera, se fomenta o se excluye el uso de la inteligencia artificial? El estudiante necesita saber dónde está el límite; de lo contrario, lo fija él solo, con los riesgos que eso conlleva, en particular en lo relativo a la integridad académica.
La segunda es adaptar las evaluaciones. Un trabajo para casa, fácilmente realizable por una herramienta generativa, no tiene el mismo valor formativo que un ejercicio oral, una defensa o un análisis hecho en clase. Repensar las modalidades de evaluación no es ceder ante la tecnología, es reconocer que ha cambiado el contexto.
La tercera, y a mi juicio la más importante, es formar en la verificación. Contrastar una información, remontarse a la fuente, detectar lo que un resumen ha dejado fuera: estas competencias siempre han importado, pero se vuelven indispensables cuando producir texto verosímil no cuesta nada.
Aclaro que estas pistas son mías. No reflejan dispositivos que haya constatado en centros marroquíes concretos, y por ahora no dispongo de datos cuantitativos sobre el alcance del uso de la inteligencia artificial entre los estudiantes del país.
Un equilibrio por construir
La inteligencia artificial va encontrando, pues, su lugar, sin hacer desaparecer los métodos clásicos. Añade una herramienta más al recorrido del estudiante, que sigue leyendo, buscando en la biblioteca y redactando. Esta complementariedad me parece más realista que el discurso de ruptura que a veces se oye, sea entusiasta o catastrofista.
Con todo, lo que está en juego va más allá de lo técnico. Se trata de saber qué quiere transmitir la universidad: contenidos, por supuesto, pero también una manera de pensar, de dudar, de verificar. Si la herramienta se encarga de la producción, la institución debe redoblar su atención sobre lo que no se puede externalizar, es decir, el juicio.
El desarrollo de estas herramientas plantea menos la cuestión de su presencia que la de su regulación. Tanto para los estudiantes como para los docentes, se trata de encontrar el justo equilibrio entre innovación tecnológica y aprendizaje autónomo. Queda por saber quién, entre los centros, los docentes o los propios estudiantes, definirá ese punto de equilibrio, y con qué rapidez.
Preguntas frecuentes
¿Utilizan realmente los estudiantes marroquíes la inteligencia artificial?
Los testimonios recogidos muestran un uso regular para resumir documentos, traducir fuentes y hacer búsquedas rápidas. Por ahora no dispongo de estadísticas nacionales fiables sobre la magnitud del fenómeno.
¿Vuelve la inteligencia artificial perezosos a los estudiantes?
Los estudiantes entrevistados responden que no, siempre que se use como ayuda. El universitario consultado advierte de un riesgo de dependencia si falta acompañamiento pedagógico.
¿Hay que prohibir la inteligencia artificial en la universidad?
Para el universitario citado, la prohibición no es la respuesta adecuada. Aboga por mecanismos de acompañamiento puestos en marcha por los docentes y los centros.
¿Cómo preservar el pensamiento crítico de los estudiantes?
Enseñándoles a verificar la información, a contrastar fuentes y a no considerar un resumen generado como una verdad establecida.