El mundo que conocemos ha dado un giro hacia una nueva era en la que el poder estadounidense se expresa ahora sin ningún tipo de reserva. En los últimos meses, Washington ha multiplicado sus demostraciones de fuerza: ataques repetidos en Irán, la expulsión de la influencia china en Panamá, presiones extremas sobre Venezuela y el mantenimiento de un bloqueo marítimo estricto sobre Cuba. Desde el inicio de su segundo mandato, Donald Trump ya ha empleado la fuerza o la coacción en al menos doce países diferentes, marcando un ritmo diplomático y militar de una agresividad poco común. Sin embargo, ante esta omnipresencia estadounidense, una observación asombra a los expertos: China parece extrañamente ausente, casi muda.
Esta discreción es tanto más inquietante cuanto que Pekín y Washington están inmersos en un pulso global que afecta a la tecnología, la economía y la seguridad. Mientras sus socios estratégicos, como Teherán o La Habana, se desmoronan bajo las sanciones, la República Popular China permanece de brazos cruzados. ¿Por qué el principal rival de los Estados Unidos acepta acciones tan perjudiciales para sus propios intereses? Este mutismo no es una confesión de debilidad ni una simple indiferencia, sino una estrategia profunda. Para comprender esta doctrina de la ausencia, es necesario sumergirse en los engranajes de la geopolítica moderna y analizar cinco ejes fundamentales que dictan la conducta de Xi Jinping.
Los límites reales de la proyección militar china
La primera explicación, sin duda la más pragmática, reside en una realidad técnica que el gran público suele ignorar: China aún no posee los medios para respaldar su política. Aunque a menudo se presenta al Ejército Popular de Liberación como una megapotencia industrial militar, su estructura actual está configurada casi exclusivamente para un enfrentamiento en su zona de influencia inmediata, el Pacífico. A diferencia de Estados Unidos, que dispone de una capacidad de proyección mundial, China no tiene prácticamente ninguna infraestructura para intervenir militarmente al otro lado del planeta, ya sea en Venezuela o en el Medio Oriente.
Para proyectar fuerza, no basta con tener barcos; se necesita logística. Los portaaviones estadounidenses están propulsados por reactores nucleares, lo que les ofrece una autonomía casi ilimitada. Por el contrario, los buques chinos funcionan principalmente con combustible convencional, lo que limita drásticamente sus desplazamientos prolongados. Además, Washington cuenta con una constelación de bases militares aliadas en todo el globo. En tiempos de tensión, estos puntos de apoyo permiten un soporte logístico y material indispensable. China, a pesar de algunas instalaciones en el extranjero, no dispone de ninguna red equivalente capaz de sostener una fuerza aérea o naval de gran envergadura lejos de sus costas.
Otro factor crucial es la falta de experiencia en combate. Es una observación puramente mecánica: a excepción de la Guerra de Corea, el ejército chino no ha participado en un conflicto de alta intensidad en su historia moderna. En cambio, las fuerzas estadounidenses han estado involucradas en escenarios de operaciones perpetuos desde 1945. Esta experiencia permite a Washington dirigir operaciones complejas como “Absolute Resolve” o “Epic Fury”, combinando ciberataques, fuerzas espaciales y ataques navales. Pekín sabe que una confrontación directa revelaría lagunas operativas importantes, por lo que prefiere evitar cualquier humillación pública de sus sistemas de defensa.
La primacía de la estabilidad económica nacional
Si China se niega a intervenir, es también porque sitúa su supervivencia económica por encima de cualquier prestigio diplomático. El modelo chino se basa en las exportaciones y sigue dependiendo visceralmente de los mercados occidentales, europeos y norteamericanos. Cualquier ruptura brutal provocada por una intervención militar acarrearía sanciones comerciales punitivas, como las que ya ha blandido Donald Trump. Para Pekín, perder el acceso a estos mercados lucrativos equivaldría a un suicidio económico que desestabilizaría la paz social dentro de sus propias fronteras.
Esta vulnerabilidad se extiende al ámbito energético. China importa la mayoría de sus hidrocarburos desde el Golfo Pérsico a través del estrecho de Ormuz. Paradójicamente, esto la obliga a una prudencia extrema: durante las recientes tensiones entre Irán e Israel, fue Pekín quien exigió que el estrecho permaneciera abierto. Dado que no controla las grandes rutas marítimas mundiales, China debe pactar con quienes las aseguran. Su prioridad sigue siendo asegurar el suministro y proteger sus cadenas de valor, especialmente en los semiconductores y la alta tecnología, donde sigue dependiendo del sistema financiero global dominado por el dólar.
He aquí algunos puntos clave que explican esta dependencia económica:
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Integración bancaria: La mayoría de las transacciones internacionales chinas pasan todavía por el sistema SWIFT.
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Necesidad de tecnología: A pesar de sus avances, China sigue importando componentes críticos para su industria.
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Estabilidad de precios: Una crisis mundial dispararía el coste de las materias primas que la industria china consume vorazmente.
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Mercados de consumo: El poder adquisitivo estadounidense y europeo sigue siendo el motor principal de las fábricas chinas.
La ausencia de alianzas militares formales
Un error común consiste en percibir el bloque formado por Rusia, Irán, Venezuela y China como una alianza similar a la OTAN. En realidad, Pekín no tiene amigos, solo tiene socios estratégicos. La diplomacia china se fundamenta en el principio de no injerencia y en el rechazo a los bloques militares rígidos. Aunque China apoya política o económicamente a sus socios, ningún tratado la obliga a derramar sangre por ellos. Observa las dificultades de Teherán o La Habana con un pragmatismo frío: ayuda, pero no salva a costa de su propia seguridad.
Esta falta de compromiso mutuo permite a China conservar una flexibilidad total. Puede distanciarse de un régimen que se derrumba sin perder el prestigio. Más importante aún, Pekín y Moscú son a menudo rivales discretos en Asia Central o en África por el control de los recursos. Al negarse a participar en una alianza de defensa común, China evita ser arrastrada a guerras que no son las suyas. Prefiere dejar que sus socios absorban la presión estadounidense, actuando como un espectador que cuenta los puntos mientras espera que pase la tormenta.
El enfoque absoluto en el objetivo Taiwán
En el gran tablero de ajedrez de Pekín, una pieza domina a todas las demás: Taiwán. Es la prioridad absoluta, el motor de toda la política exterior china. Para lograr la reunificación algún día, China debe evitar a toda costa la formación de una gran coalición internacional antichina. Al mantenerse discreta en los conflictos de Oriente Medio o América Latina, busca no dar pretextos a sus vecinos o a los europeos para alinearse totalmente con la posición belicosa de Washington. Aplica al pie de la letra la doctrina de Deng Xiaoping: “Ocultar la fuerza y esperar el momento”.
Esta estrategia de la sombra está dando sus frutos. Cuanto más actúa Estados Unidos de manera unilateral y agresiva, más erosiona sus propias alianzas. China observa con interés el descontento creciente en Europa o Canadá frente a la exuberancia de la Casa Blanca. Al dejar que Washington actúe como el “matón” del pueblo global, China construye una imagen de actor razonable y estable. Espera que, en el momento crucial del asunto de Taiwán, la comunidad internacional esté demasiado dividida o cansada de la hegemonía estadounidense para intervenir de manera coordinada.
Una apuesta filosófica sobre el declive estadounidense
Por último, la actitud de China se basa en una visión a largo plazo, casi milenaria. Los líderes chinos parecen convencidos de que las acciones actuales de Estados Unidos aceleran su propio declive. Entre una deuda pública fuera de control, tensiones sociales internas y un aislamiento diplomático creciente, Pekín percibe a Estados Unidos como una potencia en fase de autodestrucción. Por lo tanto, ¿por qué interrumpir a un adversario que está cometiendo errores? ¿Por qué agotarse en guerras regionales cuando el tiempo trabaja a tu favor?
La paciencia es el pilar central del pensamiento estratégico chino. Al permanecer al margen, China evita el desgaste militar y financiero que en su día arruinó a muchos imperios. Se ve a sí misma como una civilización perenne que ha sobrevivido a multitud de crisis. Para Pekín, la partida no se juega en el próximo semestre, sino en los próximos cincuenta años. Al dejar que Estados Unidos agote su capital político y moral, China se prepara para ser la última potencia en pie, lista para recoger los pedazos de un orden mundial en plena mutación.
FAQ: Comprender la posición china
¿Por qué China no ayuda militarmente a Irán? China prioriza sus importaciones de petróleo y su estabilidad económica. Una intervención militar directa provocaría sanciones masivas por parte de Estados Unidos y pondría en peligro su desarrollo tecnológico. Además, carece de la capacidad logística para sostener un conflicto en Oriente Medio.
¿Es China realmente más débil que Estados Unidos? En términos de producción industrial, China es un gigante. Sin embargo, en cuanto a experiencia militar y proyección de fuerza mundial, Estados Unidos mantiene una ventaja tecnológica y operativa considerable. China prefiere, por tanto, la competencia económica a la confrontación armada.
¿Cuál es el papel de Taiwán en esta estrategia? Taiwán es el objetivo final de China. Para lograrlo, debe asegurarse de que el resto del mundo no se alíe contra ella. Su discreción en los conflictos actuales busca preservar sus relaciones con terceros países y esperar un momento de debilidad estadounidense para actuar.