La afirmación resulta seductora, y tranquilizadora para todos los trasnochadores voluntarios. Se apoya en trabajos atribuidos a investigadores de la London School of Economics, que analizaron datos de varios miles de personas para vincular los ritmos circadianos con las capacidades cognitivas. He querido examinar qué establecen esas cifras, qué solo sugieren y qué no dicen.
- Investigadores de la London School of Economics vinculan un CI más alto con una hora de acostarse más tardía.
- Según los datos citados, la hora de acostarse ronda las 23:41 con un CI inferior a 75 y la 1:44 con un CI superior a 125.
- La explicación propuesta procede de la psicología evolutiva: trasnochar sería una preferencia reciente para la especie humana.
- Se trata de una correlación, que no demuestra que acostarse tarde haga más inteligente.
- El cronotipo también depende de la biología, de la edad y de los horarios impuestos.
Qué dicen los datos
Según los datos presentados, las personas con un coeficiente intelectual (CI) más alto tienen una probabilidad significativamente mayor de ser «búhos nocturnos». La diferencia se aprecia directamente en la hora media de acostarse:
- CI muy bajo (inferior a 75): se acuestan hacia las 23:41
- CI medio (entre 90 y 110): se acuestan hacia las 00:10
- CI muy alto (superior a 125): se acuestan hacia la 1:44, con mañanas de fin de semana que se prolongan más allá de las 11:00
Entre los dos extremos, la diferencia supera las dos horas. Es de algo más de una hora y media entre el grupo medio y el grupo más alto. El gradiente es regular: cuanto más sube el CI, más se retrasa la hora de acostarse.
Conviene un recordatorio metodológico. El CI es una medida estandarizada, diseñada para captar ciertas aptitudes de razonamiento, memoria o lenguaje. No abarca ni la creatividad, ni el juicio, ni las habilidades sociales. Hablar de «más brillantes» en un titular es un atajo que evitaré aquí.
La hipótesis de la psicología evolutiva
¿Por qué existiría tal vínculo? Los autores proponen una explicación procedente de la psicología evolutiva, disciplina que busca comprender ciertos comportamientos actuales a la luz de las condiciones de vida de nuestros lejanos antepasados.
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El razonamiento es el siguiente. Durante la inmensa mayoría de la historia humana, la noche estaba hecha para dormir. Sin luz artificial, había poco que ganar permaneciendo despierto tras el anochecer, y riesgos reales, en particular los depredadores. Trasnochar para perseguir un pensamiento complejo, llevar adelante un proyecto o resolver un problema sería, por tanto, una «preferencia evolutivamente novedosa», sin precedentes en nuestra historia como especie.
El argumento continúa: las personas con una inteligencia general más elevada estarían mejor equipadas para apartarse de los instintos ancestrales. Se alejarían con más facilidad de la rutina tradicional de levantarse y acostarse con el sol, y se adaptarían mejor a un mundo que ahora funciona veinticuatro horas al día. En esta lectura, acostarse tarde no sería una falta de disciplina, sino el signo de una mayor flexibilidad ante un entorno que ha cambiado.
La hipótesis es elegante. En esta fase, sigue siendo una interpretación: los datos observan horarios y puntuaciones, no mecanismos.
Los límites de una correlación
Aquí hace falta prudencia, y evitaría cualquier conclusión precipitada.
Correlación no es causalidad. Nada en estas cifras demuestra que acostarse tarde haga más inteligente. Tampoco que ser más inteligente empuje mecánicamente a trasnochar. Un tercer factor puede influir en ambos a la vez: el nivel de estudios, el tipo de actividad, la autonomía para organizar el propio tiempo. Quien trabaja en proyectos personales por la noche no lleva el mismo ritmo que quien está sujeto a horarios matutinos impuestos.
El cronotipo no es una elección pura. La preferencia por la mañana o por la noche depende en parte de factores biológicos, entre ellos la genética, y cambia con la edad. Los adolescentes suelen acostarse más tarde que los niños, y después el ritmo se reajusta en la edad adulta. Según la población estudiada y el momento de la vida en que se mide, el panorama puede cambiar.
El tamaño del efecto importa. Una diferencia media de horario entre grupos no dice nada sobre cada individuo. Muchas personas con un CI alto madrugan, y muchos trasnochadores tienen un CI corriente. Una tendencia estadística no se convierte en regla personal.
La explicación evolutiva es en sí misma objeto de debate. Esta disciplina produce hipótesis a veces difíciles de contrastar, y sus lecturas de los comportamientos actuales son cuestionadas con regularidad por otros especialistas, que prefieren explicaciones sociales o culturales. Presento, pues, el argumento como una pista, no como un hecho establecido.
Qué sugieren otras investigaciones
La relación entre cronotipo y cognición ha sido objeto de otros trabajos, con conclusiones más matizadas. Varios estudios asocian la preferencia vespertina con mejores resultados en ciertas pruebas de razonamiento. Otros señalan que los perfiles matutinos obtienen a menudo mejores resultados escolares, un efecto que suele atribuirse a la regularidad de los horarios y a una mayor responsabilidad. Me parece que estos hallazgos no se contradicen: miden cosas distintas, la aptitud cognitiva por un lado, el éxito en un sistema marcado por horarios matutinos por otro. No tengo cifras recientes que ofrecer aquí, y habrá que verificarlas antes de ir más lejos.
En cuanto a la salud, la literatura es más constante en un punto: el desfase entre el reloj biológico y las obligaciones sociales, a veces llamado «jet lag social», se asocia con un sueño de peor calidad y con riesgos para la salud a largo plazo. Dicho de otro modo, el problema quizá no sea acostarse tarde en sí, sino tener que madrugar cuando uno se acuesta tarde.
Por qué importa este tema
Más allá de la curiosidad, esta cuestión tiene implicaciones concretas. Afecta primero a la organización del trabajo: a medida que se extienden el teletrabajo y los horarios flexibles, el margen concedido a los ritmos individuales se convierte en un asunto de gestión. Afecta después a la escuela, donde los debates sobre la hora de inicio de las clases, sobre todo para los adolescentes, vuelven con regularidad. Afecta, por último, a la salud pública, porque un sueño insuficiente tiene efectos documentados sobre la atención y el bienestar, sea cual sea el nivel de inteligencia.
También cuestiona cómo juzgamos los comportamientos. El refrán «a quien madruga, Dios le ayuda» ha elogiado durante mucho tiempo la disciplina de levantarse temprano. Los datos presentados le dan la vuelta con una sonrisa: el búho nocturno, al parecer, obtiene la puntuación de CI más alta. La fórmula me resulta amena, pero no debería servir para jerarquizar estilos de vida.
Una pregunta que sigue abierta
¿Hay que concluir que trasnochar hace más inteligente? No, y los datos no lo pretenden. Describen una asociación, que la hipótesis evolutiva intenta explicar, sin que por ahora se disponga de una demostración. La verdadera pregunta, a mi juicio, está en otra parte: ¿hasta qué punto nuestras sociedades dejan que cada uno viva según su ritmo natural, y a qué precio para unos y otros? Es en ese terreno, más que en el del CI, donde el tema merece seguirse.
Preguntas frecuentes
¿Acostarse tarde hace más inteligente?
No. Los datos muestran una asociación estadística entre acostarse tarde y tener un CI más alto, no una relación de causa y efecto.
¿Qué significa «búho nocturno»?
Es una persona cuyo ritmo natural la lleva a acostarse y levantarse tarde, por oposición al «ave madrugadora».
¿Por qué se invoca la psicología evolutiva?
Porque trasnochar sería una práctica reciente a escala de la historia humana. Según esta hipótesis, las personas con un CI más alto se adaptarían con más facilidad a este nuevo modo de vida.
¿Hay que retrasar la hora de acostarse para mejorar?
Nada en estos datos lo justifica. Dormir lo suficiente y con regularidad sigue siendo la prioridad, sea cual sea el horario.