En represalia, Teherán cerró de facto el estrecho de Ormuz, lo que provocó una respuesta estadounidense en forma de bloqueo naval a Irán a partir del 13 de abril. Un acuerdo de alto el fuego firmado en Versalles a mediados de junio solo se mantuvo unas semanas: los combates se reanudaron a principios de julio, con menor intensidad pero de forma real.
En este contexto ya explosivo se abrió un segundo frente, a más de 2.000 kilómetros de distancia. El 11 de septiembre de 2026, tras una ofensiva lanzada el 3 de septiembre que permitió la toma de seis distritos en las provincias de Taiz y Hodeida —unos 5.400 km²—, los rebeldes hutíes se apoderaron de la isla de Mayun (Perim), en el corazón del estrecho de Bab el-Mandeb, así como de toda la costa occidental de Yemen. Este punto estratégico, por el que habitualmente transita una parte considerable del comercio marítimo mundial, ha quedado así bajo el control de un aliado de Teherán.
Los dos estrechos que flanquean la península arábiga —Ormuz y Bab el-Mandeb— están ahora, cada uno a su manera, bajo influencia iraní. Es esta convergencia la que alimenta hoy las especulaciones sobre una intervención directa de la OTAN.
Por qué gana terreno la hipótesis de una intervención occidental
Varios elementos factuales alimentan este escenario:
- La magnitud del estrangulamiento económico. El estrecho de Ormuz concentra por sí solo alrededor de una quinta parte de la producción mundial de petróleo y gas natural licuado, además de materias primas esenciales para aproximadamente el 30% de la producción mundial de fertilizantes. Un cierre prolongado de Bab el-Mandeb, que por sí solo capta cerca del 15% del tráfico marítimo mundial, añadiría un segundo cuello de botella a una economía ya bajo presión.
- Precedentes de firmeza declarada. Ya en mayo, la OTAN había sugerido que una intervención no estaba descartada “si se daban las condiciones”, en un contexto en el que el bloqueo del estrecho de Ormuz había inmovilizado alrededor de 150 buques y había dado lugar a un sistema informal de peajes que podía alcanzar los dos millones de dólares por petrolero.
- Un compromiso occidental ya real, aunque limitado. Las misiones europeas de seguridad marítima (Aspides, Atalanta) llevan años activas en la región, y algunos Estados miembros, entre ellos Francia, han llevado a cabo en el pasado ataques contra los hutíes. Ampliar el mandato de estas misiones ante la pérdida de control de Bab el-Mandeb constituiría una escalada progresiva más que una declaración de guerra.
- La presión económica interna. En Estados Unidos, el aumento del precio de la gasolina pesa políticamente sobre la administración Trump de cara a las elecciones de medio mandato, un factor que en el pasado ya ha empujado a Washington a buscar la desescalada antes que una extensión del conflicto.
Por qué nada indica que la guerra sea segura
En sentido contrario, varios elementos invitan a la prudencia en cualquier predicción:
- Washington ha evitado hasta ahora un compromiso militar directo contra los hutíes, incluso ante las peticiones saudíes. Tras el ataque al oleoducto Este-Oeste, la administración estadounidense no respondió militarmente en apoyo de Riad.
- Los propios hutíes calibran sus movimientos. Su portavoz afirmó que la navegación seguía siendo segura para todas las navieras, a excepción de los buques saudíes, señal de que buscan una palanca de negociación y no un bloqueo total e inmediato que uniría en su contra a toda la comunidad marítima internacional.
- La OTAN no tiene un mandato automático: una intervención requeriría, o bien un ataque directo contra un Estado miembro, o bien una decisión política consensuada entre los 32 países de la Alianza, un consenso lejos de estar garantizado, ya que la opinión pública europea sigue dividida sobre la implicación en este conflicto.
- El precedente del Memorando de Islamabad (junio de 2026) muestra que un alto el fuego, por frágil que sea, sigue siendo posible cuando la presión económica se vuelve insostenible para todas las partes, incluido Irán, cuya economía ya está muy debilitada por los bloqueos cruzados.
Qué hay que vigilar
Más que un desenlace de guerra seguro, tres indicadores permitirán calibrar la trayectoria real de la crisis:
- Un eventual cierre total de Bab el-Mandeb (y no solo el bloqueo selectivo actual a los buques saudíes);
- Un ataque directo contra un buque o una infraestructura de un Estado miembro de la OTAN;
- La evolución del precio del Brent, que ya ha superado los 106 dólares, y su impacto político tanto en Estados Unidos como en Europa.
La escalada es real, está documentada, y sus consecuencias económicas ya se dejan sentir. Pero convertir esta constatación en la certeza de una guerra OTAN-Irán supondría ignorar las numerosas salvaguardas —diplomáticas, económicas y políticas— que, hasta ahora, han impedido que cada fase de esta crisis se convierta en un conflicto generalizado.
Análisis elaborado a partir de la información disponible al 13 de septiembre de 2026. Dado que la situación es cambiante, algunos elementos podrían variar rápidamente.