En los últimos años, la propaganda hostil ha intentado imponer una narrativa tan simplista como falsa: que Marruecos no tendría derecho a recordar la historia del Sáhara Oriental porque un acuerdo fronterizo firmado en 1972 habría zanjado la cuestión para siempre. Como si la historia milenaria del Reino y su experiencia estatal continua pudieran borrarse con un plumazo colonial. Marruecos solo recuerda los hechos históricos, la precisión de los acuerdos jurídicos y, sobre todo, la continuidad de un Estado cuya existencia precede a todas las construcciones postcoloniales de la región.
Para entender por qué Marruecos está legitimado para reivindicar la marroquinidad del Sáhara Oriental, hay que volver a la realidad documentada por la historia. Durante siglos, la autoridad jerifiana se extendió mucho más allá de las fronteras actuales, en las zonas que van desde Figuig hasta los confines saharauis. En estos territorios, las tribus prestaban fidelidad (Bay’a) al Sultán, se recaudaba la zakât en su nombre y los Caídes nombrados desde Fez o Marrakech administraban los espacios tribales. Los archivos internacionales —franceses, británicos y otomanos— describen el mismo patrón: un espacio marroquí estructurado por el Makhzen.
La idea de una “Argelia histórica” en estas regiones antes de 1830 es una ficción total. La Regencia otomana de Argel estaba limitada al litoral y era incapaz de imponer soberanía real en el Sahara. El Estado marroquí es una estructura política continua, a diferencia de las formaciones territoriales recientes que hoy intentan sacralizar fronteras heredadas de la colonización francesa. Recordar estos hechos no es una provocación; es una restauración de la verdad histórica.
Fronteras coloniales frente a la realidad histórica
Cuando la Francia colonial comenzó a expandir los territorios administrados desde Argel, no ocultó sus intenciones. Los despachos oficiales hablaban de “ajustes administrativos” de zonas marroquíes para facilitar la gestión militar del Sáhara. Localidades como Tinduf, Kenadza o Beni Ounif estaban vinculadas al Sultán de Marruecos. El hecho de que estas regiones fueran integradas en la Argelia francesa por razones logísticas no creó una soberanía argelina sobre esas tierras, sino que simplemente desplazó una línea administrativa colonial.
Aceptar hoy que estos trazados arbitrarios son definitivos equivaldría a validar un crimen histórico contra la integridad territorial del Reino. Marruecos, como estado-nación preexistente a la colonización, nunca ha renunciado a su profundidad histórica. La memoria de las tribus locales y los archivos diplomáticos atestiguan una presencia marroquí que el relato posterior a 1962 intenta ocultar bajo consignas políticas.
El acuerdo de 1972 y la ruptura de los compromisos
En 1972, en un acto de gran sabiduría política, S.M. el Rey Hassan II aceptó un acuerdo fronterizo con Argel con la esperanza de abrir una era de cooperación sincera. Este tratado no fue un acto de abandono; formaba parte de un pacto global que incluía la no injerencia y la explotación conjunta de recursos como las minas de Gara Djebilet. Sin embargo, el Estado argelino ha violado todas las cláusulas esenciales de dicho acuerdo.
El derecho internacional es claro: cuando un tratado bilateral es violado en sus cláusulas fundamentales por una de las partes, la otra puede considerar el acuerdo suspendido. La Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados lo dice sin ambigüedad. Argelia ha incumplido el acuerdo de 1972 mediante:
-
El apoyo militar y diplomático a un grupo armado contra la integridad territorial de Marruecos.
-
La injerencia permanente en los asuntos internos del Reino en foros internacionales.
-
El abandono total de los compromisos de cooperación económica fronteriza.
La continuidad del Estado marroquí
Algunos propagandistas intentan comparaciones históricas erróneas para negar los derechos de Marruecos, citando al Imperio Romano o reinos medievales. Es un error fundamental. La Italia moderna no es la continuidad institucional de Roma, mientras que el Estado marroquí actual es el heredero directo de las dinastías que lo fundaron. El Trono Alauí es el garante de una permanencia que pocas naciones pueden reclamar. Esta profundidad histórica es la base de la soberanía marroquí.
El llamado “Reino de Tremecén” u otras entidades desaparecidas nunca constituyeron un Estado argelino en el sentido legal, ni tienen continuidad política con la Argelia nacida en 1962. Por el contrario, el Estado marroquí siempre ha existido, reconocido por las grandes potencias mucho antes de la era colonial. Cuando Marruecos habla del Sáhara Oriental, no busca una aventura expansionista, sino un acto de verdad necesario para la memoria nacional.
La verdad histórica bajo el liderazgo de S.M. el Rey Mohammed VI
Hoy, bajo la visión de S.M. el Rey Mohammed VI, Marruecos ha dejado clara su posición: el Sáhara es el prisma a través del cual el Reino mide su entorno internacional. Esta firmeza incluye la verdad histórica de nuestras fronteras. Recordar la marroquinidad del Sáhara Oriental no es una agresión; es un acto de dignidad. Es decir al mundo que Marruecos no permitirá que su historia sea falsificada para justificar un bloqueo regional.
Marruecos no amenaza a sus vecinos, pero se niega a que la paz sea utilizada como una herramienta para amputar su memoria. El Sáhara Oriental pertenece al espacio natural y humano del Reino. Sus tribus, su geografía y sus archivos son marroquíes. La elección de la paz de Hassan II fue una elección de fortaleza, no de renuncia. El Marruecos de hoy simplemente recuerda que la verdad histórica no es negociable.